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Libertad de Cultos: El Concepto Evangélico, Por Arnoldo Canclini
El concepto de libertad es congénito y consustancial con el protestantismo histórico.
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Baste recordar que el primer escrito extenso de Martín Lutero se titulaba “La libertad cristiana”, si bien el tema era más bien la libertad para llegar a Dios y no la libertad de cultos.
Se publicó en 1520, antes de su condena por la Dieta de Worms y luego de exponer con la vehemencia de entonces cómo entendía la libertad quemando la bula del papa León X. Sus primeras y clásicaspalabras fueron: “El cristiano es libre de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todas.”
Los grandes reformadores no llegaron a formularse en plenitud el concepto de libertad de cultos, pero paralelamente a su acción se desarrolló la de la llamada Reforma Radical, tan revalorada en la actualidad. Sus pensadores pregonaban principios que fueron recogidos y desarrollados por los movimientos del siglo XVIII, para los que surgió el término “evangélico”, como diciendo que “evangelio” y “libertad” son caras de las misma moneda, tal como San Pablo escribiera a los Gálatas: “A libertad habéis sido llamados”.
Les era necesario comenzar por definir qué es un cristiano. No es, decían, el que vive en un país cristiano, ya que tal cosa no existe. El cristianismo es el fruto de una decisión personal e íntima, y es claro que un país o un estado no son una persona. No puede, por lo tanto, haber una religión del estado. Sólo es cristiano aquel que libremente ha aceptado el mensaje de Cristo y vive de acuerdo con él.
Como consecuencia, la iglesia ha de definirse como la unión, también libre y voluntaria, de un grupo de personas que hubieran tenido esa experiencia. De allí es lógico deducir que cada uno tiene el derecho de escoger su fe y, paralelamente, el deber de procurar que los demás alcancen esa relación personal con Dios. Y aún más: como se trata de una cuestión entre Dios y la conciencia personal, es natural el respeto por la decisión del prójimo, incluso su deseo de no tomar ninguna decisión. El juicio sobre todo ello queda reservado a Dios.
Un siglo antes, el filósofo inglés John Locke decía: “Una iglesia es una sociedad voluntaria de hombres que se unen por su propio acuerdo para la adoración pública de Dios de la manera que ellos consideren adecuada.”
Y en las colonias norteamericanas, Rogerio Williams, fundador de la de Rhode Island, cuya constitución fue la primera donde apareció la libertad de cultos, expresaba: “La república civil y la república espiritual, la iglesia, no son opuestas sino independientes una de otra.” Sobre él dijo nuestro Domingo Faustino Samiento: “Anunció su principio bajo la simple proposición de santidad de conciencia (...) ¡Y la luz fue! Desde Williams acá, unos más pronto, otros más de mala gana y refunfuñando han tenido que apagar sus tizoncillos y dejarse de esa bufonada de mal género que consiste en quemar hombres para mayor honra y gloria de Dios.”
Por lo dicho, resulta claro lo que se ha dado en llamar “separación de la iglesia y el estado”, pues la misión de la primera es procurar el cumplimiento de las leyes de Dios, mientras que al segundo corresponde la aplicación de las leyes de la sociedad. Las Sagradas Escrituras son claras en que ambos han sido creados por Dios para cumplir sus finalidades específicas. Incluso si llegara a ocurrir una colisión o disyuntiva, el ejemplo ya fue dado por el apóstol San Pedro, cuando las autoridades quisieron impedirle la predicación y él declaró: “Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.”
El pensador suizo reformado Alejandro Vinet se pneguntaba si “la religión de Dios necesita del estado” y contestaba: “No, la religión no necesita del estado. ¿Cómo la idea más poderosa, el principio más profundo, el más universal, el más inherente a la humanidad, la fuerza más expansiva de nuestra naturaleza, cómo será menos que el arte, que la ciencia, que la filantropía en cuanto a bastarse a sí misma sin la ayuda del poder público? (...) Si se nos pregunta, ¿qué queréis que sea la religión sin apoyo del estado? Responderemos sencillamente: que sea lo que pueda, que sea lo que debe llegar a ser, que viva si tiene que vivir, que muera si tiene que morir; sit ut est aut non sit (Sea lo que es o no sea)”
La experiencia indica que todo intento del estado por intervenir en la misión trascendente de la iglesia, aun con buenas intenciones, ha resultado perjudicial para la misma. Bien sabemos que el papel del estado no es el de dar derechos, sino el de defenderlos. Lógicamente, esto se aplica a la libertad religiosa, derecho que no es una gracia del estado sino un don de Dios
.Cuando la libertad religiosa llega a ser concebida como libertad de cultos, pasa de ser un derecho de la conciencia para serlo de la comunidad. Necesariamente, ello tiene aplicaciones prácticas, que es donde suelen presentarse las dificultades.Es obvio que la primera aplicación es el derecho a reunirse libremente. De allí se deducen, por ejemplo, el derecho a hacerlo en edificios propios, debidamente identificados; a crear instituciones, como escuelas, hospitales, cementerios,medios de difusión, etc. de acuerdo a las leyes; de enseñar a los hijos y a todo el que quiera prestar oído; a difundir las propias ideas, con la convicción de que son la verdad que lleva al bien humano; de usar los medios públicos de difusión; de participar en la vida sociopolítica sin disciminaciones; de designar y sostener sus ministros. En resumen, la igualdad de todos los cultos es sinónimo de libertad.
Como todo derecho, tiene sus limitaciones, por ejemplo cuando perturba los derechos de los demás o cuando atenta contra el bien o la moral públicos.
El hombre es concebido como imago Dei gozando de todos los atributois con que fue creado, del que el más importante y trascendente es el de determinar el camino por el que se acercará a su Creador. Volviendo a Locke, encontramos que dijo que “nadie nace como miembro de una iglesia”, lo que tiene un paralelo en Kierkegaard cuando señaló que “Dios no tiene nietos”, porque cada cual tiene la responsabilidad de definir por sí la fe que ha de seguir, sin intermediación del estado ni aun de la familia..
La libertad de cultos comienza siendo un derecho del individuo, así como una obligación delante de Dios de buscar el camino de la verdad, que, por definición, para un evangélico está sólo en el evangelio. En nombre del amor al prójimo, si realmente creemos estar en la verdad, no podemos sino compartirla con los demás.
Surge en este punto el tema, delicado para algunos, de lo que se da en llamar “proselitismo”, o sea en procurar que el otro cambie de religión, lo que es obviamente ilícito si se apela a cualquier tipo de coacción. Se puede decir sin vacilar que ésa no es la actitud del verdadero evangélico, al que no le interesa, por ejemplo, que un budista cambie su identificación por la de la ciencia cristiana o un umbandista por la de testigo de Jehová, sin que cambie nada en su interior o sea sólo una actitud intelectual.
El derecho que los evangélicos defienden como deber ante Dios no es el de un mero proselitismo sino el de la evangelización o sea la apelación a una entrega plena al Dios que se manifestó en Jesucristo, quien declaró de sí mismo que vino “a poner en libertad a los oprimidos”, a alcanzar como San Pablo dice a los Romanos, “la libertad gloriosa de los hijos de luz.” Esa misión de la iglesia y de cada cristiano se dirige a todo ser humano sin distinción, sea el Dalai Lama o el rey de Inglaterra, sea mi hijo o sea mi padre quien no la tenga.
Ello no se alcanza con la sola acción libre del hombre, sino que requiere la participación del Espíritu divino al que nadie puede poner limitaciones. Por eso, la palabra final puede ser la de la epístola bíblica de Santiago: “El Señor es el Espíritu y donde esté el Espíritu del Señor allí hay libertad.”
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